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¿Por qué funciona una caricatura?

Hacer una caricatura no es fácil. Mejor dicho, hacer una buena caricatura no es fácil.

Por otra parte, no soy de los que identifican caricatura con “dibujo satírico”: son dos cosas completamente diferentes. La caricatura es un retrato fisonómico. Lo que luego se haga con ése retrato, dignificar, ironizar o humillar a la persona, es algo añadido y ajeno al retrato en sí.

Ahora bien, ¿por qué funciona? ¿Cómo es posible que entre estos dos retratos de Jack Nicholson (una fotografía y una caricatura) nos sea más fácil reconocerlo en la caricatura?

A la izquierda, fotografía del prestigioso Martin Schoeller.A la derecha, reinterpretación del fabuloso Jota Leal.

No se trata simplemente de “caricare”, cargar, exagerar rasgos porque sí. La imagen distorsionada de un espejo de feria no es una caricatura, porque su alteración es aleatoria.

La caricatura nos permite reconocer al retratado, literalmente re-conocer. Una caricatura sólo nos inspirará algún tipo de emoción si sabemos de quién es. Y ahí está el truco. Parece ser que el mecanismo que nos permite disfrutar de estos retratos es el mismo que nos permite reconocer a alguien por la calle. Cada día nos cruzamos con decenas de personas que nos son desconocidas; en el momento en que conocemos a alguien que sabemos que volveremos a ver, nuestro cerebro toma una “fotografía esquemática” de esa persona. Así cuando volvamos a verla, podremos dirigirnos a ella. Ése esquema cerebral no es sino una caricatura.

Pensad un momento en alguien que hace tiempo que no veis y tratad de recordar su rostro. Lo más probable es que no lo recordéis exactamente como es en la realidad, sino que recordéis su peinado, el modo en que entornaba los ojos al reír, su forma de estornudar o la montura de sus gafas. El cerebro tiene un rostro básico en la memoria, al que va añadiendo singularidades que luego se convierten en “papá”, “Elena”, “la esposa del jefe”… Por eso nos choca tanto cuando alguien cambia radicalmente de imagen, ¡porque nos rompe el esquema!

Página oficial de Jota Leal

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Dos puntos y una línea

¿Qué vemos aquí? ¿Una cara sonriente? No es solo porque estemos acostumbrados a los emoticonos y a la representación abstracta de emociones… Vamos a hacer un esfuerzo, repite mentalmente: “estoy viendo dos puntos y una raya”. Trata de abstraer la forma. Es difícil. Parece que nuestro cerebro está programado para interpretar estos signos como una expresión humana, y por mucho que nos esforcemos no podemos decodificar esta imagen como otra cosa que no sea la representación de una cara. Una cara simpática además. ¿De qué va esto? ¿Es un ejemplo de egocentrismo o es un truco psicológico? Ambas cosas.

La clave es el número dos. Si hubiera un solo punto o tres puntos, podríamos racionalizar mejor la forma abstracta. Pero hay dos, como nuestros ojos, o los ojos de nuestro perro, de un pájaro o de cualquier animal.

El hecho de que busquemos la mirada en los seres que nos rodean es un mecanismo de supervivencia y de interacción social. Mirando el rostro de aquel que nos cruzamos podemos saber si es amigo o enemigo. Es algo básico y primitivo, algo enraizado en el cerebro desde hace millones de años. Nuestra experiencia además, nos confirma que casi todas las criaturas tienen dos ojos, y cuando nos encontramos con una especie nueva, o una persona desconocida, nuestra curiosidad se centra en su rostro para reconocerlo. De ahí que cuando nos encontremos con un par de objetos similares y próximos entre sí, se nos encienda un chip que nos diga “esto pueden ser los ojos de alguien o de algo”. No podemos evitarlo, sencillamente.